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La Casa Mantuana del 13

Terror Historia tocuyana📍 El Tocuyo2 min de lectura
Nota: Esta es una historia de tradición oral o de ficción ambientada en El Tocuyo y el Municipio Morán. Mezcla folklore venezolano y elementos inventados. No es un texto histórico.

La Casa Mantuana del 13

En una calle del casco viejo de El Tocuyo —la calle exacta cambia según quién cuente la historia— hay una casa colonial con el número 13 pintado en madera sobre la puerta. La fachada está descascarada. Las ventanas tienen rejas oxidadas. El zaguán huele a húmedo aunque no llueva. La puerta no se ha abierto desde 1812.

Los vecinos lo saben. La cuentan así: en esa casa vivía la familia Morillo, mantuanos ricos, dueños de haciendas de caña y de algodón. Tenían cinco hijos. El más joven, Lucas Morillo, era oficial realista del rey Fernando VII.

En 1812 estalló el terremoto de Caracas y, después, las guerras de independencia. Los republicanos arrasaban con los mantuanos fieles a España. Una noche de noviembre, los patriotas tocuyanos tocaron a la puerta del 13.

Don Lucas y su padre estaban adentro. No abrieron.

Los patriotas dijeron que les daban tres días. Si no entregaban a Lucas, incendiarían la casa con todos adentro.

Los Morillo se atrincheraron. Cerraron postigos. Trancaron la puerta principal con tres vigas. Subieron las provisiones al segundo piso. Y rezaron.

A los tres días no abrieron. Los patriotas, furiosos, prendieron fuego al portón. La leña no agarró —llovía—. Lo intentaron de nuevo. Tampoco. Era como si la casa no quisiera arder.

Por fin, exasperados, se fueron. Dijeron que volverían con cañones.

Nunca volvieron.

La guerra cambió, los republicanos perdieron en El Tocuyo por un tiempo, los Morillo se quedaron tranquilos. Pero no salieron. Ni Lucas. Ni el padre. Ni la madre. Ni los hermanos. Nadie.

Los vecinos se preocuparon. Tocaron. No respondieron. Forzaron una ventana del segundo piso. Vieron mesa puesta para cenar, velas a medio quemar, ropa colgada. Pero ni una persona.

La familia se había esfumado.

Algunos dijeron que se habían escapado por la noche a Cumaná. Otros dijeron que se habían suicidado y que estaban podridos arriba. Pero no había olor. No había nada. Solo la casa, completa, cerrada, vacía.

Desde entonces nadie ha vuelto a entrar. Los herederos se pelearon la propiedad durante décadas y al final un juez decidió que la casa quedaba sellada hasta que apareciera un descendiente directo. Nunca apareció.

Hoy la casa sigue ahí. Cerrada. Polvo de doscientos años. Pero hay quien dice que de noche, entre las rejas de las ventanas, se ven luces moviéndose dentro. Velas. Sombras. Como si la cena de noviembre del 1812 siguiera celebrándose.

Y los más viejos del casco viejo enseñan: cuando pases por la casa del 13, no mires por las ventanas. Si miras y ves a los Morillo sentados a la mesa, te invitan. Y de los que aceptaron, nadie ha vuelto.

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