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La Cofradía de las Cintas Rojas

Terror Historia tocuyana📍 El Tocuyo2 min de lectura
Nota: Esta es una historia de tradición oral o de ficción ambientada en El Tocuyo y el Municipio Morán. Mezcla folklore venezolano y elementos inventados. No es un texto histórico.

La Cofradía de las Cintas Rojas

Esta historia no se cuenta a los niños. Tampoco se cuenta a los curas. Y casi nadie la cuenta a los forasteros. Pero la gente vieja del Tocuyo la sabe.

Hace mucho tiempo —algunos dicen siglo XVIII, otros dicen siglo XIX— existió en El Tocuyo una cofradía secreta. No la cofradía oficial del Tamunangue, esa estaba a la luz del día y la presidía el cura mayor. La otra. La que se reunía a escondidas.

Le decían la Cofradía de las Cintas Rojas.

Sus miembros eran tocuyanos comunes: panaderos, agricultores, sastres, comerciantes. Aparentemente devotos de San Antonio. Pero por la noche —ciertas noches del año, sobre todo el 12 de junio víspera del santo— se reunían en una casa que cambiaba cada vez, y hacían un Tamunangue diferente.

Tocaban los ocho sones. Pero al revés. Empezaban por el Seis Corrido y terminaban con la Batalla. Bailaban con cintas rojas atadas en las muñecas. La salve era cantada al revés, palabra por palabra, sin sentido.

Y al final, cuando ya estaban casi en trance, se hacían una promesa: pedirle al santo —o lo que fuera que respondiera— cualquier cosa. Riqueza. Amor. Venganza. Larga vida. Lo que fuera.

San Antonio cumplía. Pero no era San Antonio.

Quien cobraba era otra cosa. Y cobraba en años de vida.

Por eso los miembros de la Cofradía de las Cintas Rojas, los más viejos del pueblo notaron, nunca pasaban de los cuarenta años. Eran ricos, eran exitosos, eran amados, eran lo que habían pedido. Pero morían jóvenes. Todos.

Cuentan que en 1879 hubo un escándalo. Un cura nuevo, fanático, descubrió las reuniones. Persiguió a los miembros. Los denunció. Quemó la casa donde se reunían. Los obligó a confesarse en público y a romper sus cintas rojas frente al altar mayor.

Algunos rompieron las cintas. Murieron al año siguiente, todos a la vez, un 12 de junio.

Otros se negaron. Huyeron. Algunos a Caracas, algunos a Curazao, algunos a Trinidad. Esos vivieron. Algunos hasta muy viejos. Pero ninguno regresó nunca a El Tocuyo.

Los viejos del Municipio Morán enseñan: si en una víspera del 13 de junio, caminando por las calles del casco viejo, oyes un Tamunangue tocado al revés —empezando por el Seis Corrido—, no te acerques. Sigue caminando. Persígnate. Rézale al San Antonio verdadero, el de la iglesia oficial, el del lirio blanco. No al otro. El otro no es santo.

Y nunca, jamás, te dejes regalar una cinta roja por un extraño esa noche.

Algunos juran que la cofradía sigue activa. Que solo cambió de nombre y de casa. Que cada generación tiene sus miembros nuevos. Que la lista de muertos prematuros en El Tocuyo —los que mueren a los 35, a los 38, a los 40, sin causa aparente— no es coincidencia.

Pero los curas dicen que es solo un cuento.

Y nadie ha visto pruebas.

Pero nadie las ha buscado tampoco.

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