La Promesa Rota de San Antonio
Esta historia me la contó mi abuela y a mi abuela se la contó la suya, así que es vieja, aunque no tanto. Es de un hombre del barrio Las Cañadas, en El Tocuyo, que se llamaba Marcial Anzola. Tenía esposa, tres hijos, y trabajaba en la panadería de la esquina haciendo acemitas. No era hombre malo. Era hombre olvidadizo.
El primer hijo le nació enfermo. Médico tras médico, nadie pudo hacer nada. Cuando el niño tenía siete meses, Marcial fue a la Iglesia de la Inmaculada Concepción, se arrodilló frente a la imagen de San Antonio, y prometió en voz alta:
—San Antonio bendito, si me salvas a este muchacho, te bailo Tamunangue cada 13 de junio durante siete años. Lo juro por mi madre y mi padre.
Tres días después el niño se levantó de la cama, comió, sonrió. Curado.
Marcial cumplió. El primer año contrató al grupo, puso el altar, ofreció los ocho sones. Llovió gente del barrio. Hubo acemita y café. El segundo año igual. El tercero, el cuarto, el quinto. Cada 13 de junio.
Al sexto año, Marcial estaba ocupado. Tenía deudas. Tenía pleitos en la familia. Se le pasó la fecha. Cuando se acordó, ya era 14 de junio.
—Bueno, el año que viene compenso —se dijo Marcial.
Llegó el séptimo año. Marcial olvidó otra vez. Esta vez no fue descuido: fue vergüenza. Como ya había roto el ciclo, no quiso hacerlo solo el último año. Pensó: "Después le rezaré. Le pondré velas. San Antonio entiende".
San Antonio no entendió.
La noche del 13 de junio del séptimo año, Marcial estaba acostado con su esposa. A las once y veinte oyó tambores.
Eran tambores de Tamunangue. Pero muy lejanos. Como si vinieran del otro lado del valle.
—¿Tú oyes eso? —le preguntó a la mujer.
—No oigo nada. Duérmete, Marcial.
Los tambores se acercaron. Se acercaron tanto que Marcial los oía como si vinieran del patio. Se levantó. Se asomó por la ventana.
Había gente en el patio.
Era un grupo de Tamunangue completo. Cuatristas, maraqueros, cantadores, garroteros. Pero estaban callados. Solo tocaban el tambor. Toc-toc, toc-toc. Y miraban hacia arriba, hacia la ventana, directo a Marcial.
Marcial los conocía. Eran golperos del barrio. Pero esos golperos estaban muertos desde hacía años. Todos. El cuatrista, don Goyo, lo había enterrado él mismo. El maraquero, Tato, había muerto del corazón en el 73. La cantadora, doña Petra, llevaba veinte años bajo tierra.
Y ahí estaban, en el patio, mirándolo, esperando.
Uno de ellos —el cuatrista muerto— levantó la mano. Y dijo, sin abrir la boca:
—Llegó tu turno, Marcial. Vine yo a cobrar la promesa. Ya que no me la bailaste, ahora me la bailas tú.
Marcial intentó cerrar la ventana. No pudo. El cuatrista empezó a tocar La Batalla. Los tambores arrancaron. Los maraqueros sacudieron los capachos. Y los pies de Marcial, sin que él quisiera, empezaron a bailar.
Bailó La Batalla. Después La Bella. Después La Juruminga. Después Yiyivamos. Después La Perrendenga. Después Poco a Poco. Después El Galerón. Después El Seis Corrido.
Bailó los ocho sones sin parar.
Cuando terminó el último, ya era de día. Marcial cayó al suelo. La esposa lo encontró tirado al lado de la ventana. Estaba vivo, pero los pies se le habían deshecho. La piel quedó hecha tiras, como si hubiera bailado descalzo sobre carbón ardiendo durante toda la noche.
Marcial vivió treinta años más. Nunca caminó. Sus pies no se curaron. Cada 13 de junio, sin falta, mandaba a sus hijos a la Iglesia con un Tamunangue pagado, una vela, y una limosna.
Y en El Tocuyo se cuenta, todavía hoy, esta historia, no para asustar a los niños, sino para que los grandes entiendan: a San Antonio se le cumple. La promesa rota se cobra.
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