El Espejo del Convento
En el patio del antiguo convento de Santo Domingo de El Tocuyo, antes del terremoto del 50, había un espejo grande. Tres veces la altura de un hombre. Marco de madera oscura tallada con motivos religiosos. Lo habían traído de España en los tiempos de la fundación.
Era espejo viejo. Muy viejo. La parte de atrás —de azogue y plomo, con los métodos del siglo XVI— se veía manchada. Pero el reflejo seguía dando. Un poco oscuro. Un poco impreciso. Pero el reflejo era.
Los frailes lo usaban para colgar la sotana antes de ir al refectorio. Los novicios lo usaban para revisarse el hábito. Pero nadie se quedaba mirándose mucho. Era costumbre del convento, una regla no escrita: frente al espejo, lo justo.
¿Por qué?
Porque dicen los más viejos —los que vivían cerca del convento— que quien se miraba más de un minuto en ese espejo, no veía su propia cara devolviéndole la mirada.
Veía otra cara.
A veces se parecía. A veces no. A veces era de otro sexo. A veces de otra edad. A veces sonreía cuando uno no sonreía. A veces miraba para el lado cuando uno miraba al frente.
A veces, susurraba.
Los novicios tenían prohibido acercarse a solas al espejo. Los visitantes laicos lo evitaban. El espejo era cosa del convento. Estaba ahí, dicen, porque alguien lo había puesto ahí por una razón, pero nadie sabía exactamente cuál.
Cuentan que en 1893 un fraile joven, llamado fray Anselmo, recién llegado de Coro, se reía de las leyendas. Una tarde, después de la siesta, se paró frente al espejo a propósito. Cinco minutos. Diez. Quince.
—Aquí no pasa nada —pensó.
A los veinte minutos, dicen, su reflejo levantó la mano cuando él no la había levantado.
Fray Anselmo se quedó frío. El reflejo le sonrió. Después le habló.
—Anselmo, ya te conozco. Eres mío.
Fray Anselmo huyó. Se encerró en su celda. Rezó. Pero el espejo lo siguió en sueños. Cada noche, durante meses, el reflejo le hablaba en sueños. Le mostraba escenas que no eran su vida. Le ofrecía cosas: poder, mujeres, riqueza, libros prohibidos.
Fray Anselmo enloqueció.
Lo encontraron una mañana frente al espejo, en pleno patio, completamente desnudo, riendo. Lo llevaron a una celda. Le dieron sopa. Lo bautizaron otra vez. Nada.
Lo enviaron al manicomio de Caracas, donde murió un año después, todavía hablando con su reflejo.
El prior del convento ordenó cubrir el espejo con un paño negro. Lo cubrió. Pero no se atrevió a destruirlo. Dijo que romper un espejo así, sin saber qué tenía adentro, sería peor.
Cuando vino el terremoto de 1950, el espejo cayó. Se hizo añicos. Pero los pedazos no se perdieron.
Los más viejos del pueblo dicen que, durante la reconstrucción, los obreros encontraron fragmentos del espejo y los repartieron. Que esos fragmentos están en casas tocuyanas, esparcidos, uno en cada espejo de cada baño que tiene un pedazo enterrado en el marco.
Y que a veces, muy a veces, en una casa cualquiera de El Tocuyo, cuando uno se mira en el espejo del baño de noche, el reflejo parpadea un instante después que uno.
Por eso los viejos enseñan: en el espejo, lo justo.
→ El convento de Santo Domingo y los conventos coloniales
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