El Cura sin Cabeza de El Tocuyo
En El Tocuyo, los viernes de Cuaresma cuando ya cierra el rosario nocturno y la gente se va para sus casas, camina por las calles del casco viejo un cura sin cabeza.
La historia viene del siglo XVI, pocos años después de la fundación de la ciudad. Cuentan que un fraile dominico —fray Antonio de las Cruces, español, joven, valiente— bajó solo a evangelizar a unos indios alzados en las montañas de Guárico, hacia los Andes larenses.
Los indios no lo quisieron oír. Pero tampoco lo mataron de una vez. Lo amarraron a un árbol, lo dejaron tres días, y al cuarto día le cortaron la cabeza con un hacha.
El cuerpo del cura lo encontraron unos pastores tocuyanos meses después. Le dieron sepultura cristiana en el cementerio viejo, cerca del convento. Pero la cabeza nunca apareció.
Los frailes de Santo Domingo rezaron novena tras novena para que el alma de fray Antonio descansara. No descansa.
Cuentan los viejos que el fraile sale ciertas noches del año —especialmente en Cuaresma y el 13 de junio— a buscar su cabeza. Camina despacio, con el cuerpo entero y limpio, vestido de hábito blanco y negro, con el muñón del cuello sangrando ligeramente. Lleva el rosario en una mano y una vela apagada en la otra. Como no tiene ojos, no ve, pero camina derecho como si supiera el camino.
A veces se detiene frente a una casa. Toca la puerta tres veces. Si abren, pide, en voz muy bajita, que viene de adentro del pecho:
—¿Han visto mi cabeza?
A los que abren se les hiela la sangre. La mayoría cierra y reza. Pero los más antiguos —los abuelos que ya casi se mueren— hacen otra cosa: le ofrecen una vela bendita encendida. El cura la toma con respeto, dice "Dios se lo pague", y sigue.
Cuentan que una vez, en los años cuarenta, una señora muy vieja de la calle Comercio le abrió. Era de noche. Llovía. El cura le pidió su cabeza. Ella, sin temblar —porque había rezado tanto en su vida que ya no le temía a nada— le contestó:
—No, padre, no la tengo. Pero le doy mi cabeza si la necesita.
El cura se quedó quieto un segundo. Levantó la mano del rosario, se la puso en la frente, y le dijo:
—Tu cabeza ya está dada a Dios, hija. Sigue rezando.
Y se fue.
La señora vivió hasta los 102 años, con la mente clara hasta el último día.
Los viejos de El Tocuyo enseñan: si te toca el Cura sin Cabeza, no te asustes. No viene por ti. Viene buscando lo suyo. Dale una vela, una oración, y dile que descanse en paz. Tarde o temprano la encontrará. Y ese día, dicen, la ciudad amanecerá tocando todas sus campanas a la vez, sin que nadie sepa por qué.
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