La Sayona de El Tocuyo
A los hombres tocuyanos que andan en malos pasos —los que tienen mujer en casa y otra en la otra esquina— les conviene rezar a San Antonio antes de salir de noche. Porque por las calles empedradas del casco central, en las madrugadas de luna baja, anda la Sayona.
Dicen que la Sayona fue una mujer joven y bella de El Tocuyo, casada con un hombre bueno, que tenía un niño chiquito al que adoraba. Una tarde, una vecina vieja le susurró al oído en la fuente:
—Tu marido está con tu mamá.
La mujer no lo creyó. Pero le sembraron la duda. Esperó a la noche, dejó al niño dormido, y se fue al rancho de su madre del otro lado del valle. Llegó. Empujó la puerta. Y los vio.
Lo que pasó después lo cuentan distinto en cada parroquia. Algunos dicen que prendió fuego a la casa con los dos adentro. Otros dicen que mató a la madre con un cuchillo y al marido lo dejó vivo, atado, para que mirara. Otros, los más viejos, dicen que cuando volvió a su casa estaba el niño llorando, y ella, ciega de furia, también le hizo daño.
Lo cierto es que la mujer murió esa misma noche. Y desde entonces no descansa.
La Sayona sale a buscar hombres infieles. No los busca por la cara: los olfatea. Dicen que el aire les huele distinto a los que tienen amante. Que ella lo detecta a cuadras de distancia.
Cuando lo encuentra, se aparece. Camina por la calle de noche, vestida de blanco largo, bellísima, descalza. El hombre la ve y se enamora al instante. Le habla. Le sonríe. Ella le indica con el dedo que la siga. Él la sigue.
Cuando lo lleva a un callejón oscuro, lejos de las luces de los faroles, se voltea.
Y los hombres que la han visto y han vuelto a contarlo dicen que el rostro de la Sayona es una calavera con dientes de animal, y la risa es la risa de las almas en pena.
A algunos los enloquece. A otros los mata del susto. A los peores, dicen, se los lleva.
En El Tocuyo se cuenta que la última vez que se vio fue cerca del Mercado Viejo, hace unas décadas. Un compadre conocido salió a las dos de la mañana borracho, vio a una mujer linda, fue tras ella, y al día siguiente lo encontraron tirado en la acera, con el pelo blanco y sin poder hablar. Vivió tres meses más, balbuceando una sola palabra que nadie entendió.
"Sayona", dicen que decía. "Sayona, Sayona, Sayona".
Por eso en El Tocuyo, cuando un hombre sale de noche y se demora en volver, las mujeres rezan. No por miedo a la Sayona —ellas no la temen—. Por miedo a que la merezca.
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