La Llorona del río Tocuyo
Cuentan los más viejos de El Tocuyo —los que ya casi no andan por la plaza Bolívar y solo se sientan en el portal a tomar fresco— que cuando el río Tocuyo baja crecido en agosto, hay que rezar antes de pasar el puente. Porque la Llorona sale.
La historia es vieja, tan vieja como la ciudad. Dicen que en tiempos de la colonia vivía en el casco central una mujer joven, hermosa, recién casada con un español que se fue a las guerras de la conquista y no volvió nunca. Quedó con dos niños chiquitos y mucha vergüenza por la calle.
Una noche, ciega de la pena, los llevó al río. Los metió en el agua y se quedó mirando.
Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, era tarde. La corriente se los había llevado. La mujer caminó por la orilla buscándolos hasta el amanecer, gritando los nombres, llamando a Dios y a la Virgen, pero nadie le respondía. Tres días estuvo así. Al tercer día, cuando los encontró ahogados entre las raíces, se metió ella misma al agua y nunca más nadie la volvió a ver.
Pero la oyen.
La oyen los pescadores que madrugan a echar la atarraya antes del sol. La oyen los borrachitos que cruzan el puente para volver a casa. La oyen los muchachos que se atreven a bañarse de noche.
—¡Ay mis hijos! ¡Ay mis hijos!— grita.
El grito viene de lejos al principio, como si lloraran del otro lado del valle. Después se acerca, se acerca, hasta que parece que está al lado de uno. Y si te volteas a mirar no hay nadie.
Los abuelos enseñan: si oyes a la Llorona lejos, está cerca. Si la oyes cerca, está lejos. Por eso si suena pegado a tu oído, no corras: no te alcanza. Pero si suena al otro lado del río, vete rápido y rézale a San Antonio.
Algunos dicen que la han visto: una mujer alta vestida de blanco, con el pelo largo cubriéndole la cara, parada en medio del cauce con el agua hasta las rodillas. Que cuando levanta la cara, no tiene ojos.
Otros juran que la mujer no busca a sus hijos: busca compañía. Y a veces, si encuentra un hombre solo de madrugada en el puente, se lo lleva.
En El Tocuyo, en agosto cuando llueve fuerte y el río se desborda, las madres todavía les dicen a los niños: "no vayan al río de noche, que llora la Llorona".
Y los niños no van.
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