El Silbón en los caminos del Municipio Morán
El Silbón es leyenda de los llanos. Pero la gente de los Humocaros y de Guárico jura que también anda por acá, en los caminos de tierra que bajan de las montañas, sobre todo cuando el verano se pone seco y el viento sopla raro entre los cafetales.
La historia original dice que fue un hijo malo. Un muchacho que mató a su padre porque le tenía rabia, y la abuela —al saberlo— lo amarró a un palo, lo azotó con un mandador de pelo de caballo y le echó los perros encima. Después lo condenó: caminaría eternamente con los huesos de su padre dentro de un saco.
Por eso el Silbón anda en los caminos cargado con un saco. Y silba. Silba una escala —do, re, mi, fa, sol, la, si— y cuando termina, vuelve a empezar.
Los viejos de Humocaro Alto enseñan una regla: si oyes el silbo lejos, está cerca. Si lo oyes cerca, está lejos. Es al revés de lo que parece. Por eso, cuando un campesino que vuelve tarde a casa oye el silbo pegado a la oreja, sigue caminando tranquilo. Y cuando lo oye apenitas, lejos, en el horizonte, echa a correr.
Dicen que una noche, hace muchos años, un arriero que llevaba café del cafetal de la finca La Quebrada hasta el pueblo se atrasó. Le agarró la oscuridad en pleno camino. Oyó el silbo lejano. Apuró la mula. Pero el silbo no aceleraba ni se acercaba: siempre estaba lejos. El hombre, que era viejo y sabía, no se confió. Empezó a rezar el Padre Nuestro.
A la altura del cruce con el Camino Real, vio una figura sentada al borde, con un saco a los pies. Era un hombre alto, flaco, vestido de negro, con sombrero de cogollo. Estaba contando huesos.
—Pase tranquilo, compadre —le dijo el de los huesos sin mirarlo—. Esta noche no le toca a usted.
El arriero pasó sin mirar, sin hablar, sin respirar. Llegó a su rancho y le contó a su mujer. Esa misma noche, en otro camino del Municipio Morán, un muchacho joven —que andaba diciendo malas palabras de sus padres— no volvió a su casa. Lo encontraron tres días después, con la lengua arrancada, sentado contra un árbol. A su lado, un saco con huesos viejos.
En los Humocaros todavía hoy, cuando alguien insulta a su madre o levanta la mano a su padre, los viejos le dicen:
—Cuídate, muchacho. El Silbón anda por estos caminos.
Y a veces, en silencio, después de cenar, cuando la noche está quieta, alguien escucha de lejos:
Do, re, mi, fa, sol, la, si.
Y nadie habla durante un rato.
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