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El Convento de las Sombras

Terror Historia tocuyana📍 El Tocuyo2 min de lectura
Nota: Esta es una historia de tradición oral o de ficción ambientada en El Tocuyo y el Municipio Morán. Mezcla folklore venezolano y elementos inventados. No es un texto histórico.

El Convento de las Sombras

El convento de Santo Domingo en El Tocuyo era uno de los más antiguos de Venezuela. Lo fundaron los dominicos en 1556, once años después de la ciudad. Por siglos formó a curas, enseñó letras, recibió viajeros, dio limosna a los pobres. Adentro vivieron cientos de frailes a lo largo de cuatrocientos años. Adentro murieron también.

El terremoto del 50 lo tiró abajo.

De los muros coloniales solo quedaron unos cimientos bajos, unas piedras sueltas, un arco de medio punto. La orden dominica decidió no reconstruirlo. El sitio quedó como ruina.

Y desde entonces, dicen los vecinos de la cuadra, el sitio no descansa.

A las tres de la mañana —siempre a esa hora, lo cuentan idéntico distintos testigos— caminan sombras por las ruinas del convento. No son sombras de gente común. Son sombras altas, vestidas con hábito. Capucha. Cordón. Caminan en fila, una detrás de otra, a un paso lento. Recorren el patio interior. Llegan al sitio donde estaba el altar. Se arrodillan. Rezan unos minutos. Y se levantan. Y vuelven a caminar.

A veces son tres. A veces son siete. A veces, en noches especiales, son más de veinte.

Los curas modernos lo niegan. Dicen que es leyenda. Pero los más viejos, los que recuerdan al convento antes del terremoto, lo aceptan. Y dicen que los frailes coloniales se quedaron porque, en el momento del temblor, muchos murieron rezando en la capilla. Las paredes se les cayeron encima. Algunos no se enteraron del temblor: murieron en éxtasis.

Esos son los que vuelven cada noche. Siguen haciendo lo que hacían en vida: la liturgia de las horas, los maitines, las laudes, las vísperas. Sin saber que el convento ya no está.

A veces, cuentan los vecinos más sensibles, uno siente el olor a incienso alrededor de las tres y media de la mañana. Otros oyen, muy bajito, el canto gregoriano —voces de hombre, latín, melodía antigua—. Y luego silencio.

Hubo una vez, en los años setenta, una mujer joven que vivía justo frente a las ruinas. Era recién casada, escéptica, no creía en nada. Una noche se asomó a la ventana a las tres de la mañana a propósito, para reírse. Vio a las sombras caminando. Se asustó pero no apartó la vista.

Uno de los frailes —el último de la fila, más alto que los demás— se detuvo. Se volteó. Levantó la cara. La capucha cayó hacia atrás. La mujer vio un rostro joven, sereno, con los ojos cerrados. El fraile se persignó hacia ella. Y siguió caminando.

La mujer cerró las cortinas. No durmió esa noche. Al día siguiente fue a la iglesia, se confesó, comulgó, y dejó de reírse de los muertos.

Diez años después, cuando los hijos crecieron, ella y el marido se mudaron de esa casa. Por si acaso. Pero la mujer dice que aprendió algo esa noche: los frailes no querían asustarla. Querían bendecirla. Y le concedió este pequeño milagro: vivió bien y murió en paz.

Los muertos santos no asustan. Solo rezan. Y a veces, cuando uno los mira, les da las gracias.

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