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Las Maracas del Maraquero Muerto

Fantasía Historia tocuyana📍 El Tocuyo3 min de lectura
Nota: Esta es una historia de tradición oral o de ficción ambientada en El Tocuyo y el Municipio Morán. Mezcla folklore venezolano y elementos inventados. No es un texto histórico.

Las Maracas del Maraquero Muerto

Don Tato fue, para muchos en El Tocuyo, el mejor maraquero del Tamunangue del siglo XX. No era el más famoso —los cantadores se llevan la fama, los cuatristas se llevan los aplausos, los maraqueros tocan en la sombra—. Pero los que sabían oír sabían:

Tato no toca maracas. Las hace hablar.

Don Tato tocó durante sesenta años. En cada Tamunangue importante de El Tocuyo, ahí estaba él. Pequeño, flaco, con sombrero hundido, mirando al suelo, moviendo las dos muñecas en patrones imposibles que sostenían a todo el grupo. Su maraqueo era seco, preciso, maestro.

Cuando murió en 1992, a los noventa y un años, lo enterraron con honores. Le tocaron Tamunangue en el velorio. Le pusieron a sus pies sus dos pares de maracas: el de las parrandas y el de los velorios.

Pero las maracas no se quedaron con él.

Su esposa, doña Cruz, las recuperó al día siguiente del entierro. No quiso enterrarlas con él. Decía que las maracas eran tocuyanas y debían quedarse en El Tocuyo. Las guardó en una caja de madera en el estante alto de la sala. Cerró la caja con llave. Ahí debían quedarse.

Pasó un año. Llegó el 13 de junio de 1993.

A las tres de la mañana del 14 de junio, después de la procesión, doña Cruz oyó algo. Despertó. Se quedó en la cama escuchando.

Eran maracas. Sonaban suaves, pero sonaban. Y venían del estante.

Doña Cruz se levantó. Caminó a la sala. La caja de madera estaba temblando. Adentro, las maracas se movían solas. Y no era movimiento al azar: estaban tocando el ritmo del Seis Corrido.

Doña Cruz se persignó. Abrió la caja. Las maracas se detuvieron.

Las miró. Estaban exactamente como las había dejado. Madera vieja. Capacho seco adentro. Sin nadie.

Las dejó en la caja. Se acostó.

A los pocos minutos, otra vez sonaron.

Esa noche doña Cruz aprendió la regla. No se podían sacar de la caja en la víspera del santo. No estaban malditas. Pero querían tocar. Y el ritmo que tocaban —en silencio, suave, como un eco lejano— era el último Tamunangue que había tocado don Tato.

Doña Cruz vivió quince años más. Cada 13 de junio, las maracas sonaban solas. Doña Cruz no se asustaba. Decía:

Es Tato. Sigue tocando.

Cuando doña Cruz murió, los hijos heredaron la caja. Uno de ellos, el más joven, se la llevó a su casa nueva. La guardó en un closet. No le contó a su esposa la historia.

Esa misma noche del 13 de junio siguiente, la esposa se levantó asustada.

—¿Tú oyes maracas, mi vida?

El hijo se rio. Le contó la historia. Le mostró la caja. La esposa, en lugar de asustarse, se enterneció.

—Ay, viejito, déjalo tocar.

Hoy las maracas siguen en esa casa. Siguen tocando cada 13 de junio. La nieta de don Tato, que tiene quince años, ha empezado a aprender a tocar maracas. Toca de oído. Cuando está sola en la sala practicando, a veces siente que alguien le corrige el ritmo.

Cuando le pregunta a su madre, su madre le contesta:

Es tu bisabuelo. Sigue maraqueando. Y ahora te enseña a ti.

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