El Tamunanguero del Otro Mundo
Era el 12 de junio de un año ya lejano. En la casa de los Anzola, en una parroquia rural del Municipio Morán, se estaba pagando promesa. La abuela había prometido un Tamunangue completo si su hija salía de un parto difícil. La hija salió. Y el Tamunangue se preparó para esa noche, víspera del santo.
Llegaron los músicos del pueblo: don Eladio el cuatrista, Pancho el cinquero, Toño el maraquero, Vicente el de la tambora. Llegaron los garroteros, los bailadores, las cantadoras. Se montó el altar en la sala. Las velas se prendieron. La salve empezó.
Cantaron la salve. Empezó La Batalla.
A mitad del primer son, alguien entró.
Era un hombre alto, viejo, con sombrero de fieltro hundido hasta las cejas, vestido de blanco impecable, con un cuatro en la mano. Nadie lo conocía. Nadie lo había visto en el pueblo. Pero saludó con la cabeza, se sentó junto a don Eladio, y empezó a tocar.
Y lo que tocaba no era de este mundo.
Don Eladio era un cuatrista bueno. Hacía treinta años que tocaba Tamunangue. Pero junto al recién llegado parecía un niño aprendiendo. El desconocido sacaba sonidos del cuatro que nadie había oído: armonías raras, charrasqueos que parecían eco, notas que se quedaban flotando en el aire más tiempo del que correspondía.
Los bailadores quedaron como hipnotizados. Las cantadoras se quedaron sin voz. Vicente se equivocó tres veces con la tambora. Toño miraba al desconocido con los ojos muy abiertos.
—¿Quién es ese, compadre? —le susurró Vicente a don Eladio.
—No sé. Pero toca como Dios.
Tocaron los ocho sones. El desconocido los tocó todos. La Batalla, La Bella, La Juruminga, Yiyivamos, La Perrendenga, Poco a Poco, El Galerón, El Seis Corrido. Sin descansar. Sin tomar agua. Sin sudar.
Cuando terminó El Seis Corrido, ya era casi de día.
—Compadre, ¿se queda al desayuno? —le ofreció la abuela Anzola al desconocido.
El desconocido sonrió. Levantó la cabeza. Por primera vez se le vio la cara. No tenía nada extraño: un rostro de hombre maduro, ojos serenos, barba blanca.
—No, abuela. Yo solo vengo cuando me llaman.
—¿Y quién lo llamó?
—San Antonio.
Se levantó. Hizo una reverencia ante el altar. Cargó el cuatro. Y salió.
Nadie lo vio irse. Nadie lo vio caminar por el camino. Se esfumó.
Don Eladio le siguió la pista por el pueblo durante semanas. Nadie lo conocía. Nadie lo había visto. Ninguna mujer mayor recordaba a un cuatrista así.
Solo una vieja —doña Petra, la cantadora, que había muerto pocos años antes— se acordaba de uno parecido. Su abuelo le había contado de un cuatrista del siglo XIX que tocaba en cada Tamunangue importante del Municipio Morán. Tocaba sin descansar. Y desaparecía al amanecer.
—Le decían el Tamunanguero del Otro Mundo —dijo doña Petra cuando contó la historia—. Es un alma que prometió a San Antonio tocar Tamunangue hasta el fin de los tiempos. Cuando se hace una promesa muy importante, el santo lo manda.
Don Eladio nunca lo volvió a ver. Pero esa noche, en la casa de los Anzola, el cuatrista de la promesa nadie lo olvida.
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