El Niño del Lirio Blanco
Esta es la historia de doña Hortensia, una señora de El Tocuyo que perdió a su hijo en el terremoto del 50.
El niño se llamaba Anselmo. Tenía siete años. Era el menor de cuatro hermanos. El día del terremoto —3 de agosto de 1950, cinco y cincuenta de la tarde— estaba jugando frente a la casa con un trompo de madera. La pared de adobe le cayó encima. Cuando lo sacaron, ya no respiraba.
Lo enterraron al día siguiente. Las hermanas vestidas de negro. La madre sin lágrimas, porque las lágrimas se le habían acabado del primer grito.
Pasaron meses. Pasaron años. La ciudad se reconstruyó. La gente siguió viviendo. Pero doña Hortensia no se levantó del todo. Pasaba las horas mirando la pared. Casi no comía. Casi no hablaba.
La salvó San Antonio.
El 13 de junio del año siguiente al terremoto, las hijas la llevaron casi a la fuerza a la procesión. "Mamá, vamos a la fiesta del santo, eso te hace bien". Doña Hortensia, sin ganas, fue.
La procesión salió de la nueva Iglesia de la Inmaculada Concepción. La imagen de San Antonio iba en andas, con flores, con cintas. Doña Hortensia caminaba detrás, sin rezar, sin sentir nada.
A la altura de la Plaza Bolívar, sintió que alguien le tiraba del vestido por detrás. Bajó la mirada.
Era Anselmo.
Vestido con su camisita blanca, sus pantalones cortos, sus sandalias de cuero. Idéntico al día del terremoto. Sin un rasguño. Con la sonrisa que tenía cuando jugaba con el trompo. Y en la manita, un lirio blanco.
—Mamá, mire —le dijo Anselmo, levantando la flor—. Para San Antonio.
Doña Hortensia no gritó. No lloró. No se desmayó. Algo dentro de ella entendió que esto no era para asustarse. Se agachó. Tomó el lirio. Caminó con el niño de la mano un trecho. Llegaron juntos al altar de la Plaza. Anselmo soltó la mano de su madre, se acercó a la imagen del santo, le puso el lirio a los pies, y se voltió a verla.
—Mamá, ya estoy bien. No llores más por mí.
Y se esfumó.
Doña Hortensia se levantó. Caminó hasta el atrio de la iglesia. Sus hijas la encontraron ahí, sentada en un escaño, sonriendo por primera vez en un año.
Desde entonces, cada 13 de junio, doña Hortensia iba a la procesión. Esperaba en la misma esquina. Y cada año, sin falla, Anselmo aparecía. Con un lirio blanco. La saludaba, le decía algo, y volvía a esfumarse.
Doña Hortensia vivió hasta los noventa años. Cuarenta procesiones siguió yendo. La última, sus nietos la llevaron en silla de ruedas. Esa vez Anselmo no apareció.
—Hijita —le dijo a su nieta más chica al volver—. Hoy no vino. Es porque hoy me voy yo con él.
Esa noche doña Hortensia se acostó tranquila, y no despertó.
En el velorio, cuando abrieron la caja para el adiós final, las nietas pusieron flores en sus manos. Una nieta —la más pequeña, que había heredado el cariño por las plantas— le puso un lirio blanco.
Cuentan que cuando cerraron la caja, el lirio brillaba muy levemente. Y todos los presentes, sin saber por qué, sintieron que había alguien más en la sala. Un niño.
→ El terremoto del 3 de agosto de 1950 en El Tocuyo
→ El 13 de junio: la procesión de San Antonio
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