Las Ánimas Benditas del Cementerio Viejo
A las afueras de El Tocuyo, donde antes terminaba la ciudad y empezaban los cardonales, queda el cementerio viejo. Una pared de adobe blanca, una cruz de hierro, lápidas de mármol gris escritas en español antiguo. Muchas de las familias coloniales tocuyanas están enterradas ahí: los Carvajal, los Linares, los Bastidas, los Anzola.
A la medianoche, dicen los que viven cerca, el cementerio se enciende.
No es fuego. Son luces chiquitas, del tamaño de una vela, que flotan a un metro del suelo entre las tumbas. Algunas van y vienen. Otras se quedan quietas un rato, como si estuvieran rezando. Otras se acercan a las cruces y se inclinan, como si las besaran.
Son las Ánimas Benditas.
A diferencia de los espantos, las ánimas no asustan. Quien las ve y reza con ellas, se le perdonan pecados. Por eso las viejas tocuyanas devotas iban —sobre todo en noviembre, mes de los muertos— al cementerio viejo a sentarse afuera, rezar el rosario completo y mirar las luces.
Cuentan los viejos que un señor de El Tocuyo, don Manuel, debía mucho dinero. Sus deudas lo habían vuelto agrio. Una noche, sin esperanza, fue al cementerio viejo a pedir ayuda a los muertos.
—Ánimas Benditas —dijo, llorando frente a la cruz mayor—. Si pueden, ayúdenme. Yo soy pobre y honrado.
Vio las luces moverse. Una se acercó a él. Pasó alrededor de su cabeza tres veces, como reconociéndolo. Después se quedó suspendida frente a él, y don Manuel oyó una voz dentro de su pecho, no en sus oídos.
—Levántate de aquí, hijo, y vete a la finca de tu padre. Cava donde está la piedra grande con la cruz tallada. Pero solo paga las deudas que sean justas.
Don Manuel obedeció. Fue a la finca abandonada. Cavó. Encontró un cofre con monedas de plata coloniales, suficientes para pagar lo que debía y un poco más. Pagó. Repartió el resto entre los pobres. Y desde ese día prendió una vela a las Ánimas todos los lunes de su vida.
Cuando murió, dicen los vecinos del cementerio que una luz nueva se sumó al grupo.
A las Ánimas Benditas no se les pide riqueza. Se les pide lo justo. Se les pide que intercedan ante Dios. Se les reza un Padrenuestro y un Avemaría por cada alma anónima.
Los viejos enseñan: no temas las luces. Acompáñalas un rato. Reza con ellas. Algunas son tus muertos. Otras son muertos de muertos. Todas son ánimas que esperan compañía.
Solo hay una regla: nunca extender la mano para tocar una luz. Si la tocas, la apagas. Y esa ánima ya no podrá volver a rezar.
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