La Vieja de los Encantos del Cerro de los Cristales
En la parroquia de Guárico, la más alta del Municipio Morán, fronteriza con el estado Portuguesa, hay un cerro que los campesinos llaman el Cerro de los Cristales. No por las piedras —aunque también hay piedras brillantes— sino por algo más extraño.
En la cumbre vive la Vieja. Eso dicen.
Nadie sabe quién es. Nadie sabe desde cuándo. Los más viejos del caserío juran que sus abuelos ya la conocían de niños, y que era exactamente igual, una vieja delgada, vestida de blanco, con el pelo blanco hasta los pies, que se sienta en una piedra plana en la cumbre y mira el valle.
La Vieja no muere. No envejece más. No se mueve mucho. Pero escucha.
Cuentan que si alguien tiene un deseo muy fuerte —el deseo de toda la vida, no un capricho— puede subir el cerro y pedirle. Hay que llegar antes del amanecer. Hay que ir solo. Hay que llevar un pan recién horneado, una vela y un mechón del propio pelo.
Si la Vieja lo acepta, te mira sin parpadear. Te oye en silencio. Y al final, te pide algo. Siempre algo que duele dar.
A un hombre joven que quería casarse con la mujer más bella del pueblo, le pidió siete años de su voz. El hombre se casó. Pero durante siete años no pudo hablar, ni siquiera con su esposa.
A una mujer estéril que quería un hijo, le pidió el recuerdo de su madre. La mujer tuvo el hijo. Pero nunca volvió a recordar la cara, la voz ni el olor de la mujer que la había criado.
A un comerciante que quería ser rico, le pidió la capacidad de amar. El comerciante tuvo fortuna y propiedades. Pero murió solo, sin que nadie lo llorara.
La Vieja no engaña. Cumple. Y cobra lo que cobra.
Los más sabios de Guárico —los que oyeron a sus abuelos contarlo— enseñan a los muchachos jóvenes: no subas al Cerro de los Cristales. Hay otros santos. San Antonio cumple sin cobrar. La Virgen del Carmen cumple sin cobrar. La Inmaculada Concepción cumple sin cobrar. Solo la Vieja cobra. Y lo que cobra te lo quita para siempre.
Cuentan que una vez, hace pocos años, una muchacha de Humocaro Alto fue a visitarla. Estaba enamorada de un hombre casado. Subió con pan, vela y un mechón. La Vieja la miró. La oyó. Y al final, le habló por primera vez en cien años:
—Vete a tu casa, hija. Reza a San Antonio. No me pidas a mí. Lo que tú pides cuesta más de lo que tú tienes.
La muchacha bajó del cerro temblando. Quemó la vela en la iglesia. Y se casó después con un hombre soltero, bueno, que la amó hasta morir.
A veces la Vieja salva.
Pero a veces no. A veces tan solo cobra.
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