La Bola de Fuego de Curarigua
Entre el caserío de Curarigua y la ciudad de El Tocuyo, en las noches sin luna, se ha visto cruzar el cielo una bola de fuego del tamaño de un toro. No es estrella fugaz. No es relámpago. Camina por el aire despacio, como si pensara, y a veces se detiene encima de las casas como esperando algo.
Los viejos no se asustan: ellos saben. Es el alma de un cura colonial que en el siglo XVIII enterró el oro de la parroquia y se murió sin contarlo a nadie.
La historia se cuenta así. En 1780, cuando todavía había haciendas grandes en el Municipio Morán y los esclavos cortaban caña en las vegas del río Tocuyo, vivía en Curarigua un párroco viejo, español, que había acumulado una fortuna grande en oro y plata. La fortuna no era de él: era de la cofradía de San Antonio, ofrendas y donaciones, dinero para mantener la iglesia y los pobres.
Pero el cura no quería que se lo robaran los piratas que de vez en cuando subían desde la costa de Falcón. Una noche, sin avisar a nadie, enterró todo el oro en un sitio que solo él sabía. Pensaba sacarlo cuando pasara el peligro.
No pudo. Murió de una fiebre dos meses después, sin abrir la boca, sin escribir nada. El oro se quedó enterrado.
Desde entonces el alma del cura no descansa. Sale en forma de bola de fuego a buscar a alguien a quien contarle el secreto. Dicen que ronda los caminos esperando que algún pasajero solitario la mire fijo, sin miedo, sin huir, sin maldecir. A ese le hablaría. A ese le diría dónde está el oro. Pero hasta ahora nadie ha aguantado mirarla.
Cuentan que en los años cincuenta, un campesino llamado don Eulogio iba con su mula a Curarigua de madrugada. Vio la bola venir desde lejos, agarró las riendas, se persignó y no apartó la vista. La bola se acercó. Bajó. Quedó suspendida frente a él, a la altura del pecho. El hombre sintió un calor como de horno. Adentro de la bola, en el corazón rojo, vio el rostro de un viejo con sotana.
El viejo abrió la boca para decirle algo.
Pero la mula se asustó, dio un brinco, y don Eulogio bajó la vista para sujetarla. Cuando volvió a mirar, la bola ya se iba, alejándose despacio hacia los cerros. No volvió a verla.
Cuentan que don Eulogio se pasó el resto de su vida buscando ese oro. Cavó en cien sitios distintos. Le compró el terreno a varios vecinos. Nunca encontró nada.
Lo enterraron pobre. Y dicen que su nieto, que vive todavía cerca de Curarigua, a veces sale de noche y mira el cielo, esperando.
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