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La Procesión Fantasma del 13 de junio

Terror Historia tocuyana📍 El Tocuyo2 min de lectura
Nota: Esta es una historia de tradición oral o de ficción ambientada en El Tocuyo y el Municipio Morán. Mezcla folklore venezolano y elementos inventados. No es un texto histórico.

La Procesión Fantasma del 13 de junio

El 13 de junio, la procesión de San Antonio recorre las calles de El Tocuyo desde la tarde hasta la noche. La gente sale a verla. Las cofradías cantan. Los Tamunangues retumban. Cuando la imagen vuelve a la iglesia, parece que todo se acaba.

Pero no se acaba.

A las tres de la mañana del 14 de junio, dicen los más viejos del pueblo, sale otra procesión.

No tiene música. No tiene gente. Tiene a los muertos.

Empieza igual: la imagen de San Antonio sale de la iglesia. Pero la imagen no es la misma. Es más antigua, más oscura. Una talla colonial que se cree perdida desde 1812. Sale en andas, cargada por cuatro hombres con uniforme español del siglo XVIII.

Detrás caminan los devotos. Todos los devotos que han pagado promesa a San Antonio desde 1545.

Cientos. Miles. Una procesión interminable de tocuyanos muertos. Algunos vestidos a la usanza colonial. Algunos del siglo XIX. Algunos del siglo XX. Algunos murieron hace una semana.

Caminan en silencio. Rezan en silencio. Cargan velas que no se ven hasta que uno se acerca. Y entonces se ven: velitas pequeñas, blancas, sin llama, sostenidas por manos transparentes.

A los vivos no los ven. Pasan al lado de las casas, debajo de las ventanas, sin volverse a mirar.

Si un vivo se asoma —no debe asomarse, eso es lo importante— ve la procesión pasar. Pero la procesión no lo ve a él. Eso ya es algo. Algunos curiosos se han asomado y han contado lo que vieron al día siguiente. No les pasó nada.

Pero hay una regla. Una sola. Un vivo no debe seguir a la procesión.

Los pocos tocuyanos que han seguido la procesión —por curiosidad, por borrachera, por idiotez— no han vuelto. La policía los busca. Las familias los lloran. Aparecen, a veces, semanas después, en algún lugar inesperado: una hacienda lejana, un cementerio rural, un caserío del Municipio Morán que ya no existe. Sin memoria. Sin habla. Sin tiempo dentro de la cabeza.

Cuentan los viejos que en 1953, un muchacho llamado Pedro Méndez, borracho y arrogante, vio pasar la procesión a las tres y veinte de la mañana del 14 de junio. Salió a la calle. Se incorporó al final de la fila. Caminó con los muertos.

Tres meses después lo encontraron en un cardonal cerca de Curarigua. Estaba sentado, mirando al horizonte. Le faltaba un zapato. Tenía el pelo blanco. Y cuando le preguntaron qué le había pasado, contestó tres palabras y nunca dijo más:

Llegué al final.

Murió a los pocos años. Nadie le pudo sacar qué había visto al final de la procesión.

Por eso en El Tocuyo, los vivos no se asoman a las tres de la mañana del 14 de junio. Y los curas, los pocos que conocen la leyenda, dejan una vela encendida toda la noche en el altar mayor. Por si los muertos vuelven. Para que sepan que la iglesia está abierta. Para que terminen su procesión y descansen otro año.

San Antonio cuida a sus devotos. Vivos y muertos.

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