La Mula Maneada del 13 de junio
Cada 13 de junio, después de que la procesión de San Antonio recorre las calles de El Tocuyo y la imagen vuelve a la Iglesia de la Inmaculada Concepción, la plaza Bolívar se queda vacía un rato, en ese silencio raro que viene cuando se acaba una gran fiesta y antes de que empiecen los Tamunangues nocturnos. Es entonces cuando aparece la mula.
Es una mula gris, vieja, con las patas amarradas con sogas tristes —maneada— y los ojos negros muy grandes. Aparece sola, sin dueño, en una esquina de la plaza. Cruza despacio el espacio vacío, arrastrando un sonido seco de sogas y herraduras, y se pierde por la calle que va hacia el río.
Algunos la ven y se persignan. Otros no la ven y siguen su vida. Pero hay unos pocos —siempre uno o dos por año— que la ven y la siguen.
Esos no vuelven a la fiesta.
Cuentan los viejos que la historia es de los tiempos coloniales. Un arriero llamado Encarnación, que llevaba lienzo tocuyo a Coro para venderlo, una vez salió de El Tocuyo el 13 de junio sin asistir a la fiesta de San Antonio. La gente le dijo:
—No salgas hoy, compadre. Hoy es día del santo. Quédate a pagar promesa.
Pero Encarnación tenía prisa por el negocio. Cargó la mula con la mejor tela de algodón, se persignó por compromiso y salió.
Nunca llegó a Coro. Tampoco volvió.
Tres semanas después, unos pastores encontraron la mula maneada cerca del río Tocuyo. Estaba viva. Pero sin carga, sin Encarnación, sin nada. La gente del pueblo entendió: el arriero se había desviado en el camino, engañado por el diablo, y se había perdido en los cerros.
Algunos creen que el alma de Encarnación se quedó en la mula. Otros creen que la mula busca a alguien que la lleve a donde Encarnación se perdió. Otros más dicen que la mula no es del arriero: es San Antonio mismo, disfrazado, midiendo a los devotos.
Lo cierto es que cada 13 de junio aparece. Y cada 13 de junio alguien la sigue. Los que la siguen no se mueren —no es como el Carretón—. Pero no llegan al Tamunangue nocturno. Se pierden por los caminos. Aparecen tres días después, perdidos, sin recordar nada de lo que vieron. Algunos vuelven cambiados para siempre, callados, mirando al suelo.
Los viejos enseñan: si ves la mula, no la sigas. Quítate el sombrero, déjale paso, rézale a San Antonio una salve corta, y vuelve a la iglesia. La mula busca lo suyo. No es asunto tuyo. Si te metes en su camino, lo suyo se vuelve tuyo, y eso nadie quiere.
Por eso en El Tocuyo, ese día, después de la procesión, nadie cruza solo la plaza.
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