La Mujer Vestida de Negro
En la esquina del Mercado Viejo de El Tocuyo, después de las once de la noche, espera la mujer vestida de negro.
No se sabe qué espera. Está parada quieta, sin moverse, sin mirar a los lados, con la cara cubierta por un velo negro tan tupido que no se le ven los ojos. Lleva vestido largo, guantes negros, zapatos negros. Las manos cruzadas frente al cuerpo. No habla con nadie. No camina. Solo está.
Los hombres que vuelven solos a esa hora —de un velorio, de la cantina, de visitar la querida— la ven. La mayoría aprieta el paso y cruza la calle. Pero algunos, los curiosos, los borrachos, los desconfiados, se acercan.
—Buenas noches, señora —le dicen—. ¿Está esperando a alguien?
La mujer no contesta. Sigue parada.
—Señora, ¿me dice la hora? —insisten algunos.
Y aquí está el secreto. A los que le preguntan la hora, ella sí les contesta.
Levanta la mano enguantada, despacio, y la pone frente al pecho del hombre. Y dice, con voz que parece venir de muy lejos:
—Las once y veinte. Tu hora.
Después se queda quieta.
El hombre, al principio, no entiende. Le da las gracias. Sigue caminando. Llega a su casa. Se acuesta.
Y a las once y veinte de la mañana siguiente, se muere.
Sin enfermedad. Sin accidente. Se cae de la cama, o se ahoga con un café, o le da algo en el corazón. Pero a las once y veinte, exactas. A la hora que ella le dio.
Por eso en El Tocuyo, los viejos enseñan a los muchachos: nunca le preguntes la hora a una mujer parada en la calle de noche. Aunque parezca normal. Aunque parezca conocida. Aunque parezca de tu familia. La hora no se pregunta a desconocidos en la oscuridad.
Cuentan que un comerciante de la calle Comercio, en los años setenta, se topó con la mujer y le preguntó la hora a propósito. Era un hombre incrédulo, de los que se ríen de las leyendas. La mujer le contestó: "Las once y veinte". Él se rio. Se fue a dormir. Al día siguiente, mientras desayunaba, a las once y veinte se cayó muerto en la silla. Tenía el café a medio tomar.
Otros cuentan que un ladrón intentó robarle el bolso a la mujer. Cuando se acercó y le tocó el brazo, el guante de la mujer se desinfló. Adentro no había mujer. Había aire frío y un olor a tierra de cementerio. El ladrón vivió. Pero salió corriendo, se metió a la iglesia y se quedó tres días rezando.
La mujer vestida de negro no es la Sayona. No persigue. Avisa. Es algo más antiguo. Algunos dicen que es la propia Muerte, paseando.
Por eso, si una noche caminando solo por El Tocuyo ves a una mujer toda de negro parada quieta en una esquina, no le hables. Cruza la calle. Llega a tu casa. Reza por ti.
Y mañana al despertar, mira el reloj. Si son las once y veinte y estás vivo, da gracias. Pasaste.
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