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La Doncella del Río Tocuyo

Fantasía Historia tocuyana📍 El Tocuyo2 min de lectura
Nota: Esta es una historia de tradición oral o de ficción ambientada en El Tocuyo y el Municipio Morán. Mezcla folklore venezolano y elementos inventados. No es un texto histórico.

La Doncella del Río Tocuyo

Año 1567. El Tocuyo era ya una ciudad colonial importante. De aquí partió ese mismo año la expedición que fundó Caracas, dirigida por Diego de Losada. Y a las espaldas de los conquistadores quedaron, como siempre en las guerras y las exploraciones, las mujeres esperando.

Una de esas mujeres era doña Inés de Aravena y Maldonado. Hija de un encomendero español, criada en El Tocuyo desde niña, de catorce años, con el pelo color trigo y los ojos casi celestes. Estaba prometida con un joven oficial llamado don Lope de Sevilla, que partió con Losada hacia el valle de los Caracas.

Vuelvo en seis meses —le prometió don Lope antes de irse—. Y nos casamos. Te lo juro por la Virgen.

Don Lope se fue. Doña Inés se quedó.

Pasaron seis meses. No volvió.

Pasaron doce. Nada.

Las noticias del valle de Caracas eran malas: indios alzados, calenturas, hambre. La gente de El Tocuyo empezó a darlo por muerto. Pero doña Inés no se rindió.

Cada tarde, al atardecer, doña Inés iba al río Tocuyo. Se sentaba en una piedra grande junto al cauce —la misma piedra que todavía hoy está ahí, dicen los viejos—. Y esperaba.

Esperaba a que don Lope volviera. Esperaba ver de lejos a un jinete con uniforme español bajando por el camino del río. Esperaba ese minuto. No esperaba otra cosa.

Su familia le rogaba que volviera a casa. Que olvidara. Que había otros hombres. Doña Inés no escuchaba. Iba al río. Esperaba.

Pasaron dos años.

Una tarde de junio de 1569, el río Tocuyo bajó crecido. Llovía fuerte en los Andes y la creciente vino de noche, sin aviso. Doña Inés estaba sentada en su piedra.

El agua le llegó a los pies. Después a las rodillas. Después a la cintura.

No se movió.

Cuando la encontraron al amanecer, la piedra estaba vacía y el cuerpo aparecía río abajo, agarrado a unas raíces, con los ojos abiertos mirando hacia donde habría llegado don Lope si hubiera llegado.

Don Lope volvió cuatro meses después. Estaba vivo. Había estado preso de los indios. Cuando se enteró de lo de doña Inés, se metió a un convento franciscano en Trujillo y se murió de pena al año siguiente.

Desde entonces, dicen los pescadores del río Tocuyo, en las noches de luna llena de junio —el mes en que llovió la creciente, el mes del santo—, se ve a doña Inés sentada en su piedra. Vestida de blanco. Mirando río arriba. Esperando todavía.

No habla. No se mueve. No se ahoga otra vez.

Algunos pescadores se acercan a ofrecerle algo —una flor, una vela, una oración—. Ella no responde. Pero a la mañana siguiente, la ofrenda ha desaparecido.

A veces, cuando alguien se acerca demasiado, doña Inés gira lentamente la cabeza y mira al intruso. Sus ojos siguen vivos. Y entonces el pescador entiende algo: ella sigue esperando. Sigue esperándolo. Y mientras él no vuelva, ella estará ahí.

Don Lope murió hace siglos. Pero los muertos no encuentran a los muertos en este mundo. Doña Inés no lo sabe.

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