La Bruja de Humocaro Alto
En los cafetales de Humocaro Alto vivía una mujer vieja, sola, que nadie sabía bien de dónde había venido. Le decían doña Ramona. Tenía un rancho pequeño en la parte alta, casi llegando a Guárico, y bajaba al pueblo solo los domingos, para misa y para vender hierbas en el mercado.
Doña Ramona era curandera. Sabía sanar el mal de ojo, las indigestiones, los embarazos difíciles, los amores torcidos. La gente iba a buscarla porque en Humocaro Alto, antes, no había médico.
Pero también se rumoreaba que doña Ramona, después de medianoche, se quitaba la piel.
Los más viejos del cafetal lo cuentan así. Que un peón joven llamado Juan Bautista, que dormía en una galera cerca del rancho de doña Ramona, una noche oyó un ruido raro: un crujido, como de cuero seco siendo doblado. Se asomó por una rendija. Y vio a la vieja sentada en el suelo, desnuda, sacándose la piel por la cabeza como si fuera un vestido.
Debajo de la piel no había mujer. Había una lechuza grande, blanca, con los ojos amarillos.
La lechuza dejó la piel colgada de un clavo, salió por la ventana y se fue volando sobre los cafetales.
Juan Bautista se quedó frío. Pensó: "yo no he visto nada, yo no he visto nada". Pero después de un rato la curiosidad le ganó. Se acercó al rancho, agarró la piel del clavo, le echó sal por dentro y la volvió a colgar.
Antes del amanecer, la lechuza volvió. Trató de meterse en la piel y ya no le entraba. La sal había encogido el cuero. La lechuza chilló y voló a la galera donde dormía Juan Bautista.
Lo encontraron al día siguiente. Estaba vivo, pero no podía hablar. Y tenía las dos manos llenas de pequeñas heridas, como de pico de ave. Vivió tres años más sin decir palabra y se murió mirando al techo, como esperando algo.
A doña Ramona no la volvieron a ver. Pero a la lechuza sí.
Todavía hoy, en Humocaro Alto, cuando un cafetalero oye el chillido de una lechuza sobre el techo de zinc de su rancho, sale rápido a echar sal en las cuatro esquinas. Por si acaso. Porque la bruja sigue buscando una piel nueva.
Y los que llevan más años en esos cafetales saben: nunca tirar sal afuera de tu casa. Nunca. Por si la encuentra ella primero.
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