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El Tocuyano que volvió de Padua

Fantasía Historia tocuyana📍 El Tocuyo3 min de lectura
Nota: Esta es una historia de tradición oral o de ficción ambientada en El Tocuyo y el Municipio Morán. Mezcla folklore venezolano y elementos inventados. No es un texto histórico.

El Tocuyano que volvió de Padua

En 1925, salió de El Tocuyo rumbo a Italia un comerciante llamado Aníbal Linares. Era un hombre rico de la ciudad, dueño de varios cafetales en los Humocaros, devoto de San Antonio desde niño. Iba a Italia a pagar una promesa.

Su hijo único, Aníbalito, había caído gravemente enfermo a los diez años. Aníbal Linares había rezado a San Antonio sin descanso. Había prometido lo grande:

San Antonio bendito, si me dejas a mi hijo, voy a Padua a darte las gracias en persona. Ante tu propia tumba.

El niño se curó. Y Aníbal cumplió.

Salió en barco desde La Guaira, llegó a Cádiz, cruzó España, llegó a Italia. Se demoró meses en el viaje. Llegó a Padua en mayo de 1925.

Visitó la Basílica de San Antonio. Se arrodilló frente al sepulcro. Tocó el mármol. Pagó misas. Lloró de gratitud. Pasó tres días enteros en oración.

La tercera noche, dicen, pasó algo.

Aníbal Linares se quedó solo en la basílica vacía a las once de la noche. El sacristán le había permitido quedarse por su devoción evidente. Iba a rezar un trecenario completo —los trece misterios— delante del sepulcro.

A la medianoche, Aníbal levantó la cabeza. Vio que había alguien parado al otro lado del sepulcro.

Era un fraile franciscano joven. Hábito marrón. Cordón blanco. Rostro sereno. Aníbal pensó que era un fraile de turno. Le iba a saludar, pero el fraile habló primero.

Aníbal Linares, hijo de El Tocuyo, has venido de muy lejos.

—Sí, padre. He venido a darle las gracias a San Antonio.

Yo soy Antonio.

Aníbal se quedó frío. Quiso responder. No pudo. El fraile sonrió.

No te asustes. No me ves para asustarte. Te veo porque viniste. Tu fe llegó a Padua antes que tu cuerpo. Yo solo respondo.

Y entonces, dicen, San Antonio le habló a Aníbal durante mucho tiempo. Le dijo cosas. Le dio mensajes. Le dijo qué iba a pasar con su hijo, con su familia, con El Tocuyo. Le mostró el futuro.

Cuando terminó, le puso la mano en la cabeza y le dijo:

No cuentes nada de esto a nadie hasta el día de tu muerte. Si lo cuentas antes, el mensaje pierde el peso. Cuando estés por morir, llama a tus hijos y a un cura. Y diles. Solo entonces.

Aníbal asintió. Cuando levantó la cabeza, el fraile ya no estaba. Pero el sepulcro estaba tibio.

Aníbal volvió a El Tocuyo cambiado. Su esposa lo notó. Los amigos lo notaron. Era el mismo y otro a la vez. Lo veían sereno como nunca. Generoso como nunca. Religioso como nunca. Pero no contaba. Si le preguntaban qué había visto en Italia, contestaba: "Vi al santo. Solo eso".

Vivió cuarenta años más.

Murió en 1965, a los ochenta y nueve, en su cama, rodeado de hijos, nietos y biznietos. Lúcido hasta el final. Pidió un cura. Pidió que entraran todos los hijos y los nietos mayores. Y entonces habló.

Habló durante dos horas. Contó todo lo que San Antonio le había dicho en Padua. Mensajes para cada uno. Cosas que iban a pasar. Avisos. Bendiciones. Advertencias.

Cuando terminó, los hijos estaban llorando. El cura estaba pálido. Aníbal pidió la extremaunción. La recibió. Y se durmió.

Lo que dijo Aníbal esa tarde nunca se filtró a la prensa. La familia lo guardó. Pero los descendientes de los Linares, todavía hoy, en El Tocuyo, siguen las indicaciones del bisabuelo. Cuando alguien de la familia está enfermo, le rezan a San Antonio. Cuando alguien quiere casarse, van primero a la basílica si pueden. Cuando algo grande pasa en el mundo, revisan las notas del bisabuelo.

Dicen que cada cosa que Aníbal anunció se ha cumplido.

Y que aún quedan cosas por cumplirse.

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