El Caballero del Lienzo
En el siglo XVII, cuando el lienzo tocuyo ya viajaba por toda América, los comerciantes españoles cargaban mulas enteras de tela desde El Tocuyo hasta Coro, hasta Maracaibo, hasta Cartagena. Un viaje peligroso. Mucho podía pasar en los caminos.
Un comerciante, don Bartolomé de Mendoza, salió un día de El Tocuyo con cinco mulas cargadas hasta el tope de lienzo de la mejor calidad. Iba a Coro. Después seguiría barco hasta Cartagena. Era el negocio de su vida. Llevaba toda su fortuna en esa tela.
No llegó.
Los socios lo esperaron en Coro. Pasaron meses. Don Bartolomé nunca apareció. Los caminos del centro-occidente venezolano tenían bandidos, había hambruna, había pestes. Lo dieron por muerto.
Pero los arrieros que recorrían esos caminos años después empezaron a contar cosas.
—Compadre, ayer me crucé con un señor que andaba con cinco mulas cargadas de lienzo. Iba vestido a la antigua. Habló conmigo. Me ofreció tela a precio de regalo. Le dije que no traía dinero. Me dijo que volvía a pasar por ahí. Que lo esperara.
—¿Lo esperaste?
—Sí. Tres días esperé. Nunca volvió.
Y otro arriero, en otro camino:
—Compadre, anoche me topé con un comerciante vestido de antiguo, con cinco mulas. Me dio una pieza de lienzo gratis. Me dijo que era de regalo, que la entregara en El Tocuyo cuando volviera, en la calle Real, casa número veintinueve, a la señora Mendoza.
—¿Y se la entregaste?
—Sí. La señora Mendoza vivió ahí, hace doscientos años. Es la abuela de mi abuela. Casa abandonada. Le dejé la tela en el zaguán.
—Y...
—A la mañana siguiente la tela había desaparecido. Pero el polvo del piso estaba pisado. Como si alguien la hubiera recogido.
Cuentan los viejos del Municipio Morán que don Bartolomé fue asaltado en el camino, lo mataron por la carga, y enterraron el cuerpo en algún lugar sin cruz. El alma quedó con la mercancía. Y desde entonces vaga por los caminos coloniales —los pocos que todavía existen— tratando de cumplir su viaje y entregar su lienzo.
A los que lo encuentran no les hace daño. Es un fantasma cortés. Saluda con el sombrero. Habla con educación. Ofrece tela barata. Cumple lo que promete.
Pero los que reciben tela del Caballero del Lienzo notan algo: la tela no envejece. Pasan veinte años. Pasan cincuenta. La tela sigue como nueva. Y a veces, en las noches, brilla muy levemente.
Cuentan que en un pueblo del Municipio Morán hay una familia que conserva una camisa hecha con tela del Caballero. Tiene cien años. Está intacta. Nadie se la atreve a poner. Está guardada en un cofre, esperando.
¿Esperando qué? Esperando que don Bartolomé pase a recogerla, dicen. Y completar al fin, después de tres siglos, el viaje que dejó a medias.
→ Lienzo tocuyo: historia de la tela mundial
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