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El Pintor que Pintaba Muertos

Terror Historia tocuyana📍 El Tocuyo3 min de lectura
Nota: Esta es una historia de tradición oral o de ficción ambientada en El Tocuyo y el Municipio Morán. Mezcla folklore venezolano y elementos inventados. No es un texto histórico.

El Pintor que Pintaba Muertos

En el siglo XVIII, en El Tocuyo, vivió un pintor llamado Salvador Bracho. No era de origen tocuyano —dicen unos que vino de Caracas, otros que vino de Sevilla, otros que apareció un día sin que nadie lo viera llegar—. Se instaló en una casa de la calle Real, montó un taller, y empezó a pintar.

Pintaba como nadie en la región. Sus retratos eran tan exactos que parecían fotografías —y eso era doscientos años antes de que se inventara la cámara—. Los párpados, las pestañas, los pelos finos del cuello, la transparencia de la piel: todo perfecto.

Los mantuanos ricos del pueblo se peleaban por ser pintados por él. Pagaba mucho, pero valía la pena. Don Salvador era el único pintor de su clase en toda la provincia.

Pero pronto la gente notó algo raro.

Los modelos de don Salvador morían poco después de posar.

No todos. No el mismo día. Pero dentro de los seis meses siguientes al retrato. Sin causa aparente. Una mantuana joven y sana se murió de fiebre desconocida. Un comerciante rico se cayó del caballo. Un cura amigo del pintor amaneció muerto en su catre. Un niño retratado por encargo de sus padres no llegó al verano.

Al principio fue coincidencia. Pero cuando ya iban siete retratos y siete muertes, el pueblo empezó a rumorear.

El cura mayor de El Tocuyo, el padre Andrés Echeverría, fue a visitar a don Salvador. Le habló con autoridad.

Maestro Bracho, dicen que sus pinceles son endemoniados. Que pinta el alma, no el cuerpo. Y que el alma, una vez pintada, abandona el cuerpo y se va al lienzo.

Don Salvador no se ofendió. Tampoco negó.

Padre, yo solo pinto lo que veo. Si lo que veo se va, no es culpa mía.

El padre Echeverría exigió ver los cuadros.

Don Salvador lo llevó al fondo del taller. Detrás de una cortina había una sala secreta. Y en las paredes, los retratos de los muertos. Pero no como los retratos oficiales —esos estaban en las casas de las familias—. Estos eran distintos.

Los ojos se movían.

El padre Echeverría reconoció al comerciante, a la mantuana, al niño, al cura amigo. Los ojos de los retratos lo seguían. Y las bocas se entreabrían apenas, como si quisieran hablar.

¿Qué ha hecho usted, hombre? —susurró el cura.

Los conservo, padre. Aquí están más vivos que muertos. Mejor aquí que en la tierra.

El padre Echeverría exigió quemar los cuadros. Don Salvador se negó. El cura volvió con seis hombres. Sacaron los lienzos. Hicieron una pira en la plaza. Antes de prender fuego, el cura dijo unas oraciones en latín, echó agua bendita, y luego encendió la tea.

Los cuadros ardieron. Pero al arder, los rostros gritaron. Lo cuentan testigos: seis o siete voces distintas, gritando juntas, como si murieran de nuevo. La gente del pueblo se tapó los oídos.

Cuando se acabaron las llamas, los hombres fueron al taller a buscar a don Salvador. No estaba. La casa quedó vacía. Los pinceles, las pinturas, los caballetes: todo. Pero el pintor no apareció más.

Algunos dicen que se fue de noche y se exilió en otro pueblo. Otros dicen, los más viejos, que don Salvador entró en su último cuadro —un autorretrato que tenía colgado en su recámara, y que también ardió en la pira—. Que ahora está atrapado en cenizas.

Hoy, doscientos cincuenta años después, las familias descendientes de los retratados —los Bastidas, los Linares, los Anzola— a veces dicen que en el espejo de sus casas viejas se asoma alguien que no es ellos. Un rostro que se parece y no.

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