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El Pan de la Acemita Maldita

Terror Historia tocuyana📍 El Tocuyo3 min de lectura
Nota: Esta es una historia de tradición oral o de ficción ambientada en El Tocuyo y el Municipio Morán. Mezcla folklore venezolano y elementos inventados. No es un texto histórico.

El Pan de la Acemita Maldita

En El Tocuyo había una panadería de las viejas, en una esquina del casco que ya no existe, que se llamaba "La Espiga de San Antonio". La regentaba doña Marcelina, una viuda buena y devota, conocida en toda la ciudad porque hacía las mejores acemitas tocuyanas del pueblo: morenas, perfumadas, dulces sin empalagar, con el sabor exacto del papelón y el anís.

Un mediodía de mayo, mientras doña Marcelina amasaba sola en la trastienda, entró una mujer.

Era una mujer alta, vestida con falda larga y pañuelo en la cabeza, de edad imposible de decir. No tenía acento del pueblo. Hablaba bajito.

—Vengo a comprar acemita —dijo.

Doña Marcelina le mostró las que tenía recién horneadas. La mujer las olió. Sonrió de medio lado.

—Están buenas, mi señora. Pero yo puedo enseñarle una receta que las pondrá mejores. Las hará famosas en toda Venezuela. Vendrán a comprarle desde Caracas, desde Maracaibo. Tendrá más dinero del que pueda contar.

Doña Marcelina, que era pobre y tenía hijos, dudó. Pero la curiosidad pudo más.

—¿Y cuánto cobra usted por la receta? —preguntó.

Nada de dinero. Solo que cada año, el 1 de noviembre, día de los Difuntos, me regale la primera tanda del día. Yo vendré a buscarla.

Doña Marcelina lo pensó dos segundos. Aceptó.

La mujer le susurró al oído los cambios de la receta. Tres ingredientes nuevos. Uno era un polvo grisáceo que sacó de un saquito en su falda y se lo dejó a doña Marcelina. Le dijo: "Una pizca, no más. Cada batea".

La mujer se fue. Doña Marcelina hizo la primera tanda con la receta nueva.

Las acemitas fueron otra cosa. Salieron doradas, brillantes, con un perfume que llenaba la calle entera. Los vecinos vinieron a comprar antes de que se anunciaran. Se acabaron en una hora.

Pero al día siguiente, doña Marcelina notó algo raro: los vecinos que habían comido las acemitas estaban callados. No saludaban como antes. No reían. Se veían pálidos. Funcionaban, pero no estaban bien.

A los pocos meses, La Espiga de San Antonio era famosa en toda Lara. Doña Marcelina se hizo rica. Compró una casa nueva. Sus hijos estudiaron. Todo era plata y prosperidad.

Pero la ciudad se iba apagando.

Quien comía las acemitas se ponía triste. Se cansaba. Sentía un peso en el pecho. No quería bailar. No quería hablar. Algunos dejaban de ir al Tamunangue. El 13 de junio del año siguiente, la fiesta de San Antonio fue la más triste que se recuerde en El Tocuyo.

Doña Marcelina entendió.

Esperó el 1 de noviembre. Cuando la mujer extraña apareció a buscar las acemitas, doña Marcelina le dijo, llorando:

—Llévese todo. La receta. El polvo. Lo que se llevó usted antes. No quiero más.

La mujer no se enojó. Sonrió. Tomó las acemitas. Las metió en su falda.

—Está bien, mi señora. Pero lo que ya se comieron sus vecinos, eso no se devuelve.

Y se fue.

Doña Marcelina cerró la panadería. Volvió a la receta antigua. Pero El Tocuyo había perdido algo. Tardaron años —algunos dicen una generación entera— en volver a reír como antes.

Por eso en El Tocuyo, los viejos enseñan: nunca aceptes recetas de extraños. Cuando alguien te ofrece algo demasiado bueno por demasiado poco, algo cobra de más. Aunque no te lo diga al firmar.

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