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El Espanto de la Iglesia Vieja

Folklore Historia tocuyana📍 El Tocuyo2 min de lectura
Nota: Esta es una historia de tradición oral o de ficción ambientada en El Tocuyo y el Municipio Morán. Mezcla folklore venezolano y elementos inventados. No es un texto histórico.

El Espanto de la Iglesia Vieja

Antes del terremoto del 50 —ese que tiró abajo el casco colonial de El Tocuyo en menos de un minuto— la Iglesia de la Inmaculada Concepción era otra. Más alta, más oscura, más antigua. Tenía cuatro siglos de historia encima. Y, dicen los viejos sacristanes, tenía algo más.

El Espanto.

Le decían así, sin nombre propio. Era una sombra alta que se movía entre las columnas de la nave principal, sobre todo en las noches de luna llena, cuando ya se habían cerrado las puertas y solo quedaba la luz de las velas del altar.

Quien hacía la última ronda de la noche —apagar velas, cerrar la sacristía, dejar todo limpio— era el sacristán mayor. Por años fue don Bartolo, un hombre viejo, devoto, que decía haber visto al Espanto catorce veces. Llevaba la cuenta. Y por las catorce veces tenía catorce velas encendidas frente a la imagen de San Antonio, una por cada noche.

No es el diablo —explicaba don Bartolo a los más jóvenes—. No es alma en pena tampoco. Es otra cosa.

Una cosa que no rezaba. Que no se inclinaba. Que solo caminaba por la iglesia despacio, dando vueltas, como buscando.

Una noche de octubre, don Bartolo se quedó a hacer una promesa. Una sobrina suya estaba muriendo en el hospital y él le había prometido a San Antonio rezar la salve y los ocho sones del Tamunangue —cantados en voz baja— hasta el amanecer.

Empezó a la medianoche. La iglesia estaba vacía. Las velas ardían. Don Bartolo se arrodilló frente al altar y empezó a cantar.

A la una de la mañana lo oyó. Pasos. Suaves. Pero pasos.

No levantó la vista. Siguió cantando.

A las dos, los pasos se acercaron. Sintió un frío en la nuca, como un soplo. Don Bartolo apretó el rosario y siguió cantando La Batalla.

A las tres, el Espanto se sentó a su lado.

Eso lo contó don Bartolo después. Que sintió el peso de un cuerpo, no de un ser, un cuerpo, sentándose en el escaño junto a él. Que olía a tierra mojada y a humo viejo. Que no se atrevió a voltearse.

—Sigue —le dijo el Espanto al oído—. Yo también le hago promesa al santo.

Don Bartolo siguió cantando los ocho sones, sin parar, sin mirar. Al amanecer, cuando el primer rayo de sol entró por el rosetón, el Espanto ya no estaba. Pero la sobrina, en el hospital, se había levantado de la cama curada.

Don Bartolo murió pocos años después, pero antes le dejó dicho al nuevo sacristán:

No le temas al Espanto. Es de los nuestros. Es solo otro devoto que se quedó.

Cuando vino el terremoto del 50 y la iglesia colonial se vino abajo, hubo quien dijo que el Espanto se había ido. Otros, los más viejos, juran que se mudó a la iglesia nueva.

Y todavía, en alguna procesión del 13 de junio, cuando se hace el silencio justo antes de la salve, alguien siente un cuerpo extra entre la gente, rezando.

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