El Eco del Golpe Tocuyano
Eladio Mejías tenía dieciséis años cuando empezó a soñar con el cinquero.
Eladio vivía en una casa modesta en El Tocuyo. Su padre era panadero. Él aprendía cuatro desde niño, pero quería ser cinquero: el instrumento difícil, el del adorno melódico, el alma del Golpe Tocuyano.
El problema era que en El Tocuyo de esos años casi no quedaban maestros vivos del cinco. Los grandes ya habían muerto. Los pocos que sabían no enseñaban a desconocidos. Eladio practicaba solo, escuchando viejas grabaciones de discos rallados.
Una noche, después de practicar hasta la madrugada, soñó.
Soñó con un viejo flaco, vestido de blanco, sombrero de cogollo, cinco en mano. El viejo estaba sentado en una mecedora vieja, en un patio que no era el de Eladio. Le habló.
—Muchacho, ¿quieres aprender de verdad?
—Sí, señor.
—Préstame las manos.
El viejo tomó las manos de Eladio en el sueño. Le movió los dedos. Le mostró un punteo nuevo, rapidísimo, con un cambio de acorde que Eladio no había oído jamás. Eladio lo aprendió en el sueño. Cuando despertó, lo recordaba completo.
Lo tocó en su cinco al día siguiente. Sonó. Bonito.
La noche siguiente, otro sueño. Otro punteo. Otro acorde extraño. Eladio aprendió. Practicó. La gente del barrio empezó a notarlo:
—Compadre Eladio, ¿de dónde sacas eso? Yo nunca había oído un cinco así.
—De los sueños —contestaba Eladio.
Pasaron meses. Eladio se hizo famoso en el pueblo. Los grupos de Tamunangue lo querían. Tocaba como ninguno. Tenía adornos que parecían improvisaciones imposibles. Las cantadoras suspiraban.
Una tarde, su abuela vino de visita. Lo oyó tocar. Se puso pálida.
—¿De dónde sacaste ese punteo, muchacho? —le preguntó.
—De un sueño, abuela. Me lo enseña un viejo todas las noches.
—Descríbemelo.
Eladio describió al viejo: flaco, alto, sombrero hundido, ojos grises, cinco con una mancha oscura cerca del puente, mano izquierda con el meñique torcido.
La abuela se sentó. Tardó en hablar.
—Hijo, ese viejo era mi padre. Tu bisabuelo Anacleto. Murió hace cuarenta años. Era el cinquero más grande de El Tocuyo.
Eladio se quedó frío.
—Pero... abuela, ¿cómo puede ser?
—Yo no sé, hijito. Pero sigue tocando. Él te eligió. Y si te eligió, es porque tú vas a llevar su música más allá de su tiempo.
Eladio siguió tocando. Los sueños duraron un año más. Aprendió, en total, veintitrés punteos nuevos que no estaban en ninguna grabación, en ningún libro, en ningún músico vivo.
Una mañana, después de un sueño especial, el viejo Anacleto le dijo, antes de despedirse:
—Ya aprendiste lo mío, muchacho. Ahora toca. Y cuando tengas hijos, enséñales. Que el cinco tocuyano no se muera.
Eladio nunca volvió a soñar con su bisabuelo.
Tocó durante cuarenta años más. Tuvo cinco hijos. A todos les enseñó. Hoy, el cinco tocuyano sigue vivo gracias a esa familia. Y los musicólogos que estudian el Golpe Larense, cuando analizan los punteos de Eladio, dicen:
—Estos están en una tradición que se perdió. Solo se conoce por grabaciones del bisabuelo Anacleto, de los años veinte.
Y nadie sabe explicarlo. Salvo en El Tocuyo, donde la gente entiende: los maestros del Golpe no mueren del todo. Vuelven en sueños, a enseñar a los que los necesitan.
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