El Duende del Maizal
Cerca de Humocaro Bajo, en las vegas que riega el río Tocuyo, los campesinos plantan maíz blanco desde antes de la colonia. Los maizales crecen altos en la temporada, más altos que un hombre, y por dentro forman caminos de hojas como pasillos verdes.
Ahí adentro vive el Duende.
No se sabe de dónde vino. Los más viejos dicen que es de los indios caquetíos, que cuidaba las siembras desde hace mil años. Otros dicen que es un alma chica, un niño bautizado a medias que se quedó vagando. Los curas decían que era el demonio, pero los curas decían eso de todo.
El Duende es chiquito. Llega apenas a las rodillas. Lleva sombrero grande de cogollo, camisita roja y los pies al revés —los talones para adelante, los dedos para atrás—. Por eso, cuando un campesino persigue al Duende dentro del maizal pensando que va para un lado, el Duende va para el otro, y se le pierde.
Le encanta engañar a los hombres adultos. Sobre todo a los que toman aguardiente, a los infieles, a los pendencieros. Los mete en el maizal, los hace caminar en círculos hasta el amanecer, y los suelta cansados y descalzos, sin entender cómo salieron.
Pero con los niños es distinto.
Cuentan que una vez, hace muchas décadas, una niña de cinco años llamada Petrica se perdió mientras su mamá lavaba en el río Tocuyo. La buscaron todo el día. Al anochecer todavía no aparecía. La mamá lloraba, los vecinos rezaban a San Antonio.
Al amanecer del día siguiente, Petrica salió del maizal caminando tranquila, comiendo una mazorca tierna.
—¿Quién te cuidó, hijita? —le preguntaron.
—El amigo del sombrero grande —dijo Petrica—. Me dio mazorcas y me cantó.
Los campesinos entendieron. Hicieron una ofrenda al maizal —granos de cacao, tabaco y un puñado de sal— y siguieron con su trabajo.
Desde entonces, en las vegas del río Tocuyo y en Humocaro Bajo, cuando un niño se pierde en el maizal nadie se preocupa demasiado. Se reza a San Antonio. Se reza al santo del 13 de junio. Y se espera. Porque la gente sabe: el Duende cuida a los niños.
A los adultos no. Los adultos se quedan adentro horas, días, a veces vidas.
Algunos campesinos del Municipio Morán juran que un tío suyo, hace ochenta años, se metió al maizal y no salió nunca. Que todavía está adentro, dando vueltas, sin envejecer, atrapado en los pasillos verdes que cambian de forma cuando el Duende los mira.
Por eso, antes de entrar a una siembra grande en El Tocuyo, los viejos se persignan. Por si acaso.
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