El Carro de los Esqueletos del 50
El 3 de agosto de 1950, a las 17:50 horas, un terremoto de 6,6 grados destruyó El Tocuyo. El 93% de los edificios se vino abajo. Hubo cientos de muertos. Y los muertos había que recogerlos.
Esos días, después del temblor, en las calles destruidas pasó un camión. Era un camión militar, de los que mandó el gobierno desde Caracas. Conducido por soldados. Recogía cadáveres uno por uno y los llevaba a una fosa común improvisada cerca del cementerio.
El camión pasó día y noche durante una semana. Recogió decenas. Cientos. Lo que cabía. Los soldados perdieron la cuenta.
El camión, dicen los más viejos del pueblo, nunca dejó de pasar.
Cuentan los tocuyanos viejos —los que estaban vivos en el 50, los que se acuerdan de aquellas semanas— que ciertas madrugadas del año, en agosto, especialmente cerca del aniversario del temblor, se oye un motor de camión viejo por las calles de El Tocuyo. Un motor pesado. Diésel del año 40. No se parece a ningún camión de hoy.
Pasa por la calle Bolívar, sube por la calle Real, baja a la avenida principal. Despacio. Como si buscara algo.
Algunos lo han visto.
Es un camión militar verde oliva, con la lona vieja, vacío en apariencia. Conducido por un soldado joven con uniforme de los años 40. Solo en la cabina.
Pero los que se atreven a acercarse —y son pocos— juran que en la parte de atrás, debajo de la lona, hay bulto. Forma humana. Muchas. Apiladas. Y si uno mira un instante más de la cuenta, una mano sale. Una mano de hueso, blanca, saludando.
Los más viejos enseñan: el camión pasa porque todavía recoge. Que quedaron muertos del 50 que nunca se encontraron. Cuerpos enterrados bajo escombros que no se limpiaron a fondo. Familias que se fueron del pueblo sin enterrar a los suyos. Almas sin descansar.
El camión sigue buscándolas. Cada año en agosto, una más, dos más. Se las lleva. Las entrega a la fosa común. Las descarga sin que nadie lo vea. Y vuelve a salir.
Cuentan que en 2010, un anciano del pueblo —un sobreviviente del terremoto, que había perdido a su madre en el temblor y nunca habían encontrado el cuerpo— se levantó una madrugada de agosto y se vistió de luto. Salió a la calle. El camión pasó. El anciano levantó la mano.
El camión paró.
El soldado de la cabina bajó. Sin hablar, levantó la lona. Adentro había muchos cuerpos. El anciano miró. Reconoció a su madre.
Estaba como en el día del temblor. Joven. Cuarenta años. Vestida con el delantal de cocinar.
El anciano lloró. Le habló. Le dijo:
—Mamá, le hice misa todos los años. Le recé. La quise siempre.
La madre, dicen, sonrió desde el camión.
El soldado bajó la lona. Subió a la cabina. El camión arrancó. El anciano se quedó parado en la calle vacía hasta que amaneció.
Murió tres meses después. Tranquilo. La esposa, después del entierro, dijo a los hijos:
—Su papá esperó sesenta años para despedirse de su mamá. Ya pudo. Ya descansó.
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