El Carretón de la Muerte
Pasada la medianoche, cuando ya en El Tocuyo se durmieron hasta los perros y las luces de los faroles parpadean cansadas, se oye el carretón.
Primero llegan los cascos. Toc-toc, toc-toc, lentos, pesados, como de mulas viejas que han caminado mucho mundo. Después la madera del eje, que cruje como árbol seco. Después las ruedas sobre los adoquines: ese sonido seco, hueco, que no se parece a ningún carro de hoy.
El que oye el carretón no se asoma. Eso lo saben todos en El Tocuyo. El que se asoma, no amanece.
La leyenda viene de los tiempos del cólera, allá por 1856, cuando una peste arrasó el valle del Tocuyo y dejó muertos por todas partes. La gente moría tan rápido que no había cómo enterrarlos. Las casas se quedaban llenas de cadáveres y la familia, asustada, se iba al monte.
Entonces el cura mayor organizó un carretón —de las haciendas más ricas, prestado—. Lo manejaba un hombre viejo, mestizo, llamado Cipriano, que había perdido a toda su familia en la peste y ya no le importaba nada. Cada noche Cipriano salía con dos mulas, recorría las calles, recogía los muertos, los cubría con sábanas y los llevaba a las afueras a enterrarlos en una fosa común.
—¡Saquen sus muertos! —gritaba Cipriano cada cierto trecho.
Y de las casas salían los vecinos, los dejaban en la acera, lloraban un instante, y se metían rápido.
Una madrugada, dicen los viejos, Cipriano gritó como siempre. Una casa no respondió. Pero adentro había alguien: una muchacha joven, hija única, que se asomó a la ventana para ver al carretón. Tenía curiosidad.
Cuando Cipriano la vio, levantó el dedo y le dijo:
—Mañana paso por usted.
Esa misma noche le subió la fiebre. Al día siguiente Cipriano pasó y se la llevó.
Después de la peste, Cipriano murió también. Lo enterraron sin nombre. Pero el carretón sigue saliendo.
No todos lo oyen. Solo los que están enfermos, los que tienen miedo, los que están por morir. Y los que tienen curiosidad. Esos son los peores: los curiosos.
Dicen que el carretón pasa por la Avenida Bolívar, por la Plaza, por las casas viejas que sobrevivieron al terremoto del 50. Que el que oiga los cascos debe rezar y no asomarse, no asomarse, no asomarse. Que si por una mala suerte mira por la ventana, verá un carro tirado por dos mulas blancas, manejado por un hombre viejo con sombrero hundido, que levanta la cara y lo señala con el dedo.
—Mañana paso por usted.
Y por la mañana, ya no estás.
→ El terremoto de 1950 que destruyó El Tocuyo
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